Navas de Oro: un parque en el solar de la Santa Emiliana

Antes de entrar a Navas de Oro, llegando por el sur, un viajero vio una modesta fábrica de resinas, la fotografió y publicó la fotografía en un número de la revista Mundo Gráfico del año 1923.

Si hubiera podido hacer el mismo viaje sesenta o setenta años después, habría visto una soberbia chimenea en el borde de un solar vacío.

Y quien lo haga hoy verá que la chimenea continúa enhiesta, pero que el solar se ha transformado en un pequeño pero agradable parque.

Así fue, poco más o menos, como se produjo el cambio.

El año 1888 y por iniciativa de Bruno Mesa Ajo, la obtención de derivados de resina en Navas de Oro dio un gran paso adelante, cambiando las pegueras por una instalación fabril que un incendio redujo a humo diez años después. El empresario, sobreponiéndose al desastre, adquirió un terreno situado sobre un arenal que no daba sino cardos y levantó una segunda fábrica de mayores dimensiones, la Santa Emiliana, que sufrió grandes daños por otro incendio acaecido en 1911. Poniendo tesón y contando con la ayuda de sus hijos, Basilio y Mariano Mesa García, el fundador aprovechó la ocasión para ampliar y modernizar la fábrica, introduciendo novedades como la preparatoria a fuego, el alambique fijo y la serpentina de cobre.

A tiempo, pues los años de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fueron de gran demanda de producto derivados de resina y, por ende, de grandes beneficios que los Mesa reinvirtieron en una nueva transformación de la Santa Emiliana, instalando el vapor y mejorando la calidad de sus productos,que se exportaban a Inglaterra, Alemania, Italia y Bélgica.

El progreso fue vertiginoso: En 1920 tenían 250 trabajadores, resinaban 80.000 pinos y producían 6.000 barricas de colofonia y 550.000 Kgs de aguarrás. En 1940 sus empleados eran 500 y la producción se había triplicado, obteniendo 18.000 barricas de colofonia y 1.500.000 Kgs de aguarrás. Y las chimeneas de las tres fábricas que llegaron a levantar fueron el más orgulloso monumento al desarrollo industrial de la provincia.

Pero todo pasa y el esplendor de la Santa Emiliana pasó. Y de lo que hubo no quedó otra cosa que una chimenea y un solar sobre el que se trazó el apañadito parque al que dan prestancia árboles y arbustos en cuya contemplación pueden recrearse vecinos y forasteros.

Como es pequeño, llano y con paseos rectos, se recorre enseguida. Hay especies autóctonas y foráneas. Una thuja oriental variegata, cuatro palmeras del género trachicarpus, un abies alba con las dos líneas blancas dibujadas en el envés de las acículas, una picea pungens de inconfundible verde glauco, un ciprés, un enebro, dos encinas de doble tronco delgado y débil, un magnolio que crece enteco, un olivo, una catalpa, varios pinos…

Tiene, como todos los parques de hoy, asientos y artilugios para que los niños jueguen y para que los ancianos hagan ejercicio -gimnasio en la calle , reza un cartel-. Y entre ellos, compartiendo el espacio, plantas arbustivas fáciles de reconocer: lauros, viburnos, evónimos, cotoneasters y rosales.

En memoria de lo que fue, se ha dejado en pie una de las chimeneas, 40 metros de altura, que el valenciano Abelardo Martínez Martínez levantó para la Santa Emiliana, la gran fábrica de los Mesa, el año 1943.

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