Arahuetes: el valle del río Santa Águeda

Hay paisajes con distintos accidentes geográficos que, por sus pequeñas dimensiones y ligeros desniveles, podrían considerarse maquetas de otros de similar morfología pero con distancias y alturas tan desmesuradas que sólo invirtiendo muchas fuerzas, mucho tiempo y medios sin medida pueden conocerse, recorrerse y estudiarse.

Entre los fácilmente abarcables se cuenta el siguiente paisaje de esa Segovia verde https://porunasegoviamasverde.wordpress.com/ que ando subiendo a las redes y al que recomiendo acudir a los segovianos que aquí residen para que, cuando la pesadilla que estamos viviendo acabe, echen fuera la carga negativa que la soledad y el aislamiento hayan podido dejarles.

Próximo a Arahuetes corre un riachuelo que, además de nacer de forma confusa, tiene un nombre confuso también.

En documentos medievales aparece como Lacertera, por término de Collado Hermoso, donde están sus fuentes; por esos mismos lugares, en mapas actuales figura como río de Abajo; en el pie de monte, saliendo ya de Collado, los indicadores oficiales lo identifican como río Sordillo; y más adelante, tras haber recibido las aguas de un regato que baja de El Cubillo, entra en los límites de Arahuetas, donde ya es el río Santa Águeda.

Discurre por un valle angosto y de poca longitud, apenas 8 Kms., abierto por las aguas a lo largo de una línea en la que entran en contacto rocas cristalinas y calizas, con laderas pendientes y cortados tan pintorescos como Los Castillejos y Peña Corba.

Dadas sus pequeñas dimensiones, o acaso por ellas, el valle resulta encantador, con sus panorámicas, su roquedo, sus colores, sus aromas… Y porque su vegetación resulta ser un muestrario representativo de la que da carácter a la meseta, dentro de un paisaje a la vez natural y humanizado, aunque con éste retrocediendo hasta el punto de que va camino de quedar completamente anulado.

La distribución de las plantas, de arriba abajo, es casi un esquema modelo. La ladera derecha, de rocas cristalinas, está poblada de encinas –Quercus ilex-, con subvuelo de estepas –Cistus laurifolius– y cantuesos –Lavandula stoechas-; la ladera izquierda, de rocas calizas, tiene enebros –Juniperus thurifera– y algún quejigo –Quercus lusitánica-, con subvuelo de jabinos –Juniperus communis– y espliegos –Lavandula angustifolia-. Arraigando sobre las mismas rocas, así de asombrosa es la naturaleza, al lado derecho crecen las cimbreantes espigas del berceo –Stipa gigantea– y, al lado izquierdo, el salutífero te de roca –Jasione glutinosa-.

¡Qué aromas, para disfrute del paseante, emanan en pocos metros el enebro, la estepa, el cantueso y el espliego!

En el fondo del valle hay fresnos -Fraxinus angustifolia- acompañados de sauces –Salix sp.-, escaramujos –Rosa canina– y zarzamoras -Rubus ulmifolius-.

Y en el lecho del río crecen ovas –Ranunculus fluitans– que, con sus numerosas florecillas blancas, cada primavera dan a la corriente un momento, aunque breve, realmente maravilloso.

A pesar de la aparente placidez que todo lo envuelve, en el valle nada está quieto.

El hombre aró pequeñas parcelas, cercó prados, levantó palomares y llevó a pacer ganado, cabras, ovejas y vacas, trabajos que, unidos a lo que la naturaleza ofrecía, crearon un paisaje bucólico, propio de los que al pie de la sierra configuraban el medio rural castellano antes de que lo vaciáramos de nuestra presencia. Pero ya casi no hay gente y su ausencia se ha hecho notar en el valle. En las laderas menos ricas se plantaron pinos resineros –Pinus pinaster– que nadie resina; y en el terreno fértil y profundo del fondo se pusieron chopos –Populus sp.– que en poco tiempo engrosan lo suficiente para ser talados sin que necesiten la presencia de los plantadores.

Hoy vamos al valle a coger nícalos, abundantes en esos pinares, y a recrearnos con el amarillo que, cada otoño, tiñe las choperas.

Pero la vida sigue en el valle. Y si no hay rumiantes domésticos, de la sierra baja, montaraz y libre, el jabalí; y si los vientos y las nieves tronchan pinos y chopos, el quejigo reclama su plaza.

Como a igual distancia entre Los Castillejos y Peña Corba, el río se salva por un puente rústico en el que destaca una piedra de enorme tamaño y de un tipo de roca que por aquí no se ve. Juan Ignacio Davía, compañero de viaje por algunos espacios de esta Segovia verde que recorro, es muy amigo de fantasear y, sobre ella, me contó la siguiente historia: “Hace ya tiempo, un vecino me dijo que la habían traído de los Pirineos, donde la había cortado Hércules cuando hizo la tumba de la ninfa Pyrene. Los repobladores que fundaron Arahuetes procedían del valle pirenaico de Aragüest y, una vez que estuvieron aquí bien asentados, echaron de menos su tierra de origen así que decidieron enviar a unos cuantos para que trajeran algo que se la recordase. Los comisionados eligieron esta piedra, la cargaron en un carro que tuvieron que reforzar con hierros y la colocaron en el centro del pueblo, donde estuvo hasta que alguien, perdidos ya los viejos recuerdos, aconsejó que se empleara en la construcción del puente”.

Me imagino que es una historia creada por Juan Ignacio Davía para la ocasión pero, como yo no tengo otra mejor para explicar la presencia de tan enorme y rara piedra, aquí la dejo para entretenimiento de quienes lean esta entrada.

Nota. Un lector me comunica que los moradores de Arahuetes solían tener dos o tres cabras por familia y que todos las cuidaban siguiendo un riguroso turno. Los animales sesteaban sobre los grandes bloques de gneis desde los que se ve el valle, también utilizados como salegares.

10 Comments

  1. Si, como dices, es una “historia” imaginada por Nacho Davía, entonces no puede ser una leyenda… pero bien merece que la tratemos como a tal: disfrutándola, aprendiéndola, repitiéndola… hasta hacerla “legendaria”. ¡Es muy bonita!
    Cordiales saludos para ti y también para el resto del grupo

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  2. Viendo la segunda foto, por unos momentos pensé que se trataba de un camino en desuso ocupado por las flores… y resulta que son ovas en el río. Si esto pasa en primavera, ¡tendremos que buscar un hueco para ir a verlo! A partir del año que viene, claro 🙂

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  3. ¡Menudo paseo! y sin avisar 😉 Paraje sin igual, esperemos que muchos años se conserve sin grandes aglomeraciones. Saludos a los caminantes.

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    1. Dudé si publicar la entrada o no. Pero… No hay que ocultar a nadie nuestras pequeñas bellezas. Sólo pedir respeto para las mismas. Me alegra que te haya gustado.

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  4. Precioso relato del viaje de este singular y pequeño río por la orografía y por sus diferentes nombres. En esta primavera que vivimos confinados es agradable haber podido dar este bello paseo. Gracias! Y a ver si hay suerte y en otoño vamos a descibrirlo y disfrutar de las hojas de esa preciosa chopera.

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    1. Iremos. La distancia que nos separa de él es corta y caminar por él resulta de los más agradable y ameno. Una merienda campestre, abastecidos de bota y cantimplora, pura delicia.

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    1. Me ha alegrado ver el comentario que hacéis sobre mi entrada. Por si no lo habéis notado, la foto un poco antigua con el río como un camino lleno de flores, está tomada en El Cubillo, a unos pasos de la iglesia.

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