Los geranios rojos de Pedraza

Hay dos rojos cuya contemplación siempre ha causado en mi un fuerte impacto.

Uno ha sido el de las flores rojas de los geranios de Pedraza, donde alguien, no sé quien ni cuando, tuvo un día la ocurrencia de adornar su balcón con uno de esos geranios creando una tendencia, gran acierto, que fue seguida por muchos vecinos. Hoy, casi todas las casas de la Villa se adornan con esas brillantes manchas rojas que tan bien contrastan con los pálidos tonos de los sillares de piedra caliza y de los enfoscados. Es como si se hubiera querido, aunque fuera de modo inconsciente, darle a la población no sólo un nuevo aire sino una nueva señal de identidad.

Con ello, Pedraza, que a pesar del pintoresquismo de su caserío lleno de blasones se presentaba al visitante con una imagen triste y gris, como la que el cinematógrafo recogió en aquella obra maestra del cine español que fue La aldea maldita, ha pasado a ofrecer otra alegre, colorista y aun espectacular.

Se pueden ver animando fachadas de labrados escudos, enmarcando las cerámicas de una tienda de recuerdos, puestos en un balcón cubierto de hiedra junto a la seca rama de acebo que se bendijo el Domingo de Ramos, compartiendo el espacio con otras flores y con geranios blancos o rosas, a pie de calle emitiendo sus aromas a los transeúntes…

Son tan atractivos que pocos visitantes habrá que no se detengan a mirarlos. De mí diré que aunque me estorbe su visión un vehículo, lo rodeo y me paro ganado por su encanto; y que cada vez que voy a Pedraza los busco allá donde puedan estar ya sea en jardineras o en tiestos llenando balcones, sobre el suelo o en ventanucos poco accesibles.

Es más. Voy con hambre, haciéndoseme la boca agua pensando en el rico cordero asado que me espera en el restaurante donde lo reservé y si veo unos geranios, aunque con las flores ajadas por el transcurrir de los días, detengo el paso todo el tiempo que sea necesario para contemplarlos a placer y fotografiarlos.

El segundo rojo que me fascinó fue el que embellecía hasta hacerlos increíbles los ya de por sí bellos labios de Marilyn Monroe.

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