El jardín del Palacio Episcopal

De los muchos, nativos o foráneos, que han escrito guías de Segovia para comunicar a foráneos y nativos sus bellezas, sólo dos se percataron de que había jardines.

El inglés Richard Ford, 1844, los incluye como uno de los elementos principales del lienzo en el que, con la palabra no con el óleo, pinta nuestro paisaje, aunque la verdad es que apenas los roza: “Conviene subir a la torre de la catedral ya que el panorama de la ciudad, con los jardines, los conventos, el gigantesco acueducto y las montañas distantes es soberbio” .

El sevillano Javier de Winthuysen, 1930, da una relación de los que más debieron impresionarle: “Segovia es una de las poblaciones de más importante tradición jardinera…, los jardines del Parral que describió Navajero, los de la casa de la Moneda, trasunto de los escurialenses, los del Palacio Episcopal, los del claustro de la Catedral, los de la casa donde vivió el poeta Tenreiro, la multitud de jardinillos (en los) patios, el que graciosamente deja adivinar su traza del siglo XVIII en la Casa del Marqués de Quintanar, hacen de Segovia una localidad en la que el arte del jardín tiene inefable importancia y propios caracteres”.

Entre los seis nombrados está el del Palacio Episcopal, del que en otro texto dice que “tiene marcado carácter”. Es el único que lo tuvo en cuenta aunque sólo fuera para esa simple mención.

Los autores de las guías que podemos considerar clásicas -Quadrado, Colorado, Tormo…- aunque hablan del palacio y de su notable fachada de granito, no describen el jardín o porque no se fijaron en él o porque no lo consideraron interesante; quienes escribieron después se limitaron a seguir caminos ya trazados.

Lo primero que a mí me llamó la atención de este vasto conjunto palaciego fue un muro enorme y oscuro y las ramas de un tilo que lo rebasan. ¿Qué se esconde detrás de tan alto paredón? ¿Donde tiene clavadas sus raíces aquel árbol que parecía salir del aire? Al tratar de averiguarlo topé con un jardín, el del palacio episcopal, que me sorprendió por sus dimensiones y por el encanto que se desprendía de una vegetación que nadie adivinaría pudiera estar allí encerrada ya que sólo desde las torres vecinas puede verse.

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Los tilos rebasando el muro del jardín que da a la calle Valdeláguila y el jardín visto desde la torre de San Quirce.

La historia del jardín tiene tres momentos principales:

Cuando el palacio pasó a pertenecer al obispado de la diócesis, a mediados del siglo XVIII, el obispo Manuel Murillo y Argaiz acometió una profunda reforma que incluyó la transformación de la que había sido huerta en un jardín por el que al prelado le gustaba pasear. Pero resulta que los frailes del convento de Mínimos de la Victoria, que estaba al otro lado de la calle, se asomaban por las ventanas de sus celdas para ver cuanto en el jardín acontecía y el obispo, molesto, encontró la solución haciendo levantar el enorme muro que le libraba de miradas indiscretas.

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El segundo momento se sitúa a finales del siglo XIX, cuando hacía su tímida entrada en Segovia la arquitectura de hierro y el obispo del momento le pidió a Joaquín Odriozola que hiciera cómoda la comunicación entre el palacio y el jardín. El arquitecto lo resolvió bajando un sector de este último para colocarlo al nivel de la planta baja del palacio y anteponiendo una elegante estructura de hierro y granito que se eleva hasta la planta superior con una luminosa balconada.

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El tercero y más reciente, pues data de estos últimos años, ha sido posible por un acuerdo firmado entre el Obispado y la Sociedad Museo Doña Juana S. L., por el cual el palacio, que hacía tiempo había dejado de ser residencia episcopal, se transformaba en museo y establecimiento hostelero.

Parte importante de este último habría de ser el jardín, por cuya puerta posterior llegaría el abastecimiento y en el que se podrían servir vinos de honor y sacar adelante, con lucimiento, actos semejantes, lo que llevó aparejadas algunas modificaciones en los suelos y los caminos. El que Winthuysen viera como jardín de “marcado carácter” ya había ido perdiendolo por falta del necesario mantenimiento y la última reforma no supo dervolvérselo, con césped a la inglesa, caminos de grava y arena rosa y bordillos marcados con delgados troncos de madera.

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Fuente con surtidor y, más allá, la alberca con su arquería de ladrillo.

Pero hay algo que se mantiene: el alto muro que lo separa de la calle y de las miradas de quienes ocupan lo que fue convento de Mínimos; la alberca contenida con pared de mampostería sobre la que se alza una arcada angular hecha con ladrillo; el soportal y la galería de hierro que trazara Odriozola; la fuente con surtidor, tan frecuente en los patios segovianos…

Y la vegetación. La presencia de plantas que recuerdan, aún habiendo pasado siglos, que hubo una huerta: ciruelo, melocotonero, almendro, parras y laureles; la hiedra oscura y melancólica ; el saúco sabedor de conjuros; y varios árboles de buen porte incluyendo una robinia, un arce, un pinsapo, tres tilos y cinco pinos de la especie laricio.

El convenio que hizo posible el nuevo acondicionamiento del espacio no se ha renovado y este conjunto palaciego, por superficie construida el mayor de la ciudad, espera, con las puertas cerradas al público, un nuevo destino.

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