Visitando, en verde, el monasterio del Parral

De los Huertos al Parral, Paraíso terrenal, es un dicho que los segovianos del pasado acuñaron para expresar la excelencia de unos suelos fértiles, abundantes en agua y de rica vegetación, situados en la orilla derecha del río Eresma.

Los Huertos era la denominación popular del convento de Premostratenses que tuvieron por allí su sede hasta que, cansados de las crecidas del río, frecuentes desde que se construyó la presa de la fábrica de la Moneda, decidieron trasladarse a la parte alta de la ciudad donde su presencia se ha venido recordando hasta no hace nada en nombres como plaza de los Huertos, mercado de los Huertos, escuela de los Huertos…

El Parral era el nombre abreviado del monasterio de Jerónimos que, casi un siglo después de haberse visto obligados a abandonarlo tras la publicación de los decretos desamortizadores, pudieron regresar a él y reorganizarlo.

El Paraíso terrenal no era el edén bíblico sino el espacio existente entre los dos cenobios, orientado al sur y resguardado por las alturas de las Cuestas de los vientos del norte, heladores en invierno. Un microclima, como se dice hoy, que hace fácil y productivo cualquier cultivo.

Lo que queda del suelo agrícola del convento de Premostratenses es la  Huerta Grande, actualmente sin cultivar, pero en el Parral se ha recuperado casi todo lo que hubo salvo las parras que ocupaban la parte más alta de la finca, para la que los monjes mantienen el nombre de “la viña”.

La mayoría de quienes acuden a visitar el monasterio buscan sus bellezas artísticas. Y hacen bien porque lo que se ha conservado es verdaderamente relevante; pero diré que, para el amante de la naturaleza, lo que el monasterio ofrece no es menos espectacular y admirable. Y si el recorrido se puede hacer al lado de fray José, capaz de hablar al arbolado de tú y a quien se debe buena parte de lo existente, el paseo se convertirá en algo inolvidable.

El monasterio tenía Cuatro claustros: Portería, Enfermería, Hospedería y Mudéjar. Tres tienen jardín.

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Laureles y mahonías en los laterales de la escalera que une los claustros de la Portería y la Enfermería.

El de la Portería, tras una reforma realizada en 1973, según proyecto de Leandro Silva y costeada por la Caja de Ahorros de Segovia, está dominado por la presencia del agua y por plantaciones lineales de laureles y mahonías. En abril, cuando estas estallan con el intenso amarillo de sus flores, el espacio es de lo más atractivo.

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                                                       Claustro de la Hospedería.

El claustro de la Hospedería, que es cuadrado y pequeño, encierra entre sus arquerías un jardín claustral típico, con camino perimetral, cuatro caminos en cruz dividiendo el espacio en cuadros y elegante fuente en el centro emergiendo de un pilón octogonal. Los bordes de los cuadros están dibujados con setos bajos de chamacerasus en el exterior y campánulas al interior, y en el centro de cada uno de ellos hay un tejo –Taxus baccata-. Hubo cipreses, pero crecieron tanto que llegaron a ahogar el espacio y hubo que cortarlos y sustituirlos por los tejos, de crecimiento más lento.

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                                                    Claustro mudéjar, en obras.

El claustro Mudéjar es también cuadrado pero grande, con 28 metros de lado. Tiene camino perimetral y cuatro caminos que salen de cuatro puertas laterales para ir a converger en el centro, donde se halla una fuente de granito, con surtidores menudos vertiendo a un pilón cuadrado. Hubo otra fuente pero fue trasladada a la Alameda, una arboleda municipal, y la actual es recompuesta, destacando en ella dos grandes piedras rectangulares, de granito, que componen dos de los laterales del pilón. Eran las que sostenían las rejas del presbiterio de la iglesia que, como tantas otras cosas  notables por su valor artístico, desaparecieron con la desamortización. En el centro de los cuatro espacios dibujados por los cuatro caminos hay un árbol, aunque no césped, que ha tenido que ser sustituido por encanchados de piedra pues los monjes ya son mayores y no se ven con fuerzas para segar tanta hierba como allí crecía. En las esquinas hay lirios y dos acebos. Los cuatro árboles elevan hacia el cielo sus siluetas apretadas, rebasando ya la altura del claustro. Son dos cipreses –Cupresus sempervirens– que se plantaron en 1940, gruesos pero de cuyo tronco no puedo dar datos porque tienen ramas que salen desde el suelo; un ciprés plantado en 1972, que ya mide 3 metros de cuerda; y un pinsapo –Abies pinsapo-, también plantado en 1972 pero que tampoco pude medir por el material de obra apilado a su alrededor.

Hay años, me dijo fray José, que todo el pinsapo se adorna con el intenso carmín de las flores masculinas. ¡Algo incomparable!

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                        Ramillo del pinsapo del claustro mudéjar, con flores masculinas.

De este claustro se sale al camino que conduce hacia la huerta, flanqueado por abetos rojos o piceas –Picea abies-, que se trajeron de San Ildefonso el año 1972, a la vez que el pinsapo; luego se nos muestra una palmera –Trachicarpus fortunei-, plantada en 1983 -la memoria de fray José es prodigiosa-, tres cipreses, un castaño de Indias –Aesculus hippocastanum-, varios pinos resineros –Pinus pinaster– y piñoneros –Pinus pinea-, un arce –Acer pseudoplatanus– plantado en 1962, nogales jóvenes -de 30 años, dice fray José-, cedros y una de la joyas vegetales de este espacio: un almez –Celtis australis– gigantesco.

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Rodeado de hiedra, herramientas y alambre no pude medir el tronco del almez, pero es enorme y puedo asegurar que en ninguna de mis andanzas he visto nunca uno de tal grosor.

Desde el almez se sube a lo que se llama, porque lo fue, la viña. En ella hay una plantación de almendros que no se desarrolla como a Fray José, el autor de la puesta, le hubiese gustado debido sin duda a la sequía de los últimos años. Y allí está la joya botánica de la lastra: la encina.

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Un amigo, Alfredo Cubo, sabiendo mi pasión por los árboles, me dijo que subiera a verla si quería tener delante uno realmente admirable. Le hice caso y por eso pedí a fray José que me permitiera visitar esa zona del monasterio. Alfredo no había visto nunca una encina tan grande. Yo, tampoco.

Está rodeada de un poyo corrido para que se sienten quienes quieran acogerse a su sombra y mide 6,28 metros de perímetro -¡2 metros de diámetro!-, en una de las especies de más lento crecimiento que existen.

Los romanos llegaron a la península el año 218 a.c., es decir, hace 2.236 años. ¡Seguro que esta encina ya estaba aquí! Es un árbol para el que se me agotan los adjetivos.

Cercano hay un pino de 3,32 metros de cuerda semidestrozado por las últimas nevadas que han abatido a otro casi gemelo que crecía a su lado.

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Descendiendo uno puede ir viendo cactus, pitas e higueras hasta llegar a una plantación de lauros –Prunus laurocerasus– dispuestos en torno a unos bancos. Son cinco y se dirían arquetipos de la especie.

-¿Y, esos lauros?, pregunté.

-En la calle José Zorrilla se habían puesto en unos macetones. Cuando hicieron la última reforma acerté a pasar por allí y pregunté a los operarios por ellos.

-Irán a la escombrera, me dijeron.

-¿Me los puedo llevar?

Le dijeron que sí, alquiló un pequeño camión y los trasplantó. Han crecido con sus formas características, florecen y fructifican. Y sus bayas, valor añadido, sirven de alimento a varias oropéndolas que llegan allí cada tarde.

Para salir se camina por el paseo de columnas, obra de 1670, escoltado por bambúes, rosales, durillos, mahonías, prunus, koelreuterias… Plantas de aquí y exóticas, que en este paraíso todo crece. ¡Si se cuida!

6 Comments

  1. Gracias por este relato y el paseo por esos rincones desconocidos del paraíso del Parral. Bonito conocer a los árboles por su nombre y poderles llamar de tu:)

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  2. Mi tío Eulogio vería el resurgir de aquello, pues fue unos años fraile y le tocó ir con el prior a comprar la huerta a su dueño de aquel entonces para poder recuperarla para el monasterio.

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    1. Y con aquella compra se da la circunstancia siguiente: el monasterio es del Estado español y la viña donde crece la encina -y no sé si toda la huerta- es de la Orden jerónima. Los religiosos son pocos y mayores. No sé cómo quedará todo cuando los que hay desaparezcan.

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