Hayas del Real Sitio de San Ildefonso

¿Quién ha visto sin temblar / un hayedo en un pinar?

Cuando el poeta tiene que dar vueltas a su magín para ajustar la idea a la rima, puede caer en tonterías como la que encontramos en estos versos de Antonio Machado, porque aparte de que pocos hayedos habrá que crezcan en medio de pinares pues cada especie tiene su propio hábitat y no gusta de salirse de él, contemplar un hayedo o contemplar algunas hayas, por pocas que sean, es algo que causa admiración y no algo que pueda, ni por asomo, meter miedo a nadie.

Comprueben si es o no cierto lo que digo acercándose a contemplar las que, introducidas por la mano del hombre, crecen en el Real Sitio de San Ildefonso.

En la Plaza del Medio Punto, antes de llegar al palacio, había dos, puestas el año 1867 por Juan Vázquez, el jardinero creador de aquel espacio, una a cada lado del eje que desde la Puerta de Segovia conduce al ábside de la colegiata. Eran ejemplares de Fagus sylvatica var. atropurpurea, tan magníficos que uno de los pocos autores españoles que ha escrito sobre jardinería, Augusto Panyella Bonastre, se rindió ante la belleza y perfección de una de ellas a la hora de elegir motivo para ilustrar la portada de su libro Árboles de jardín, con el que encabezo esta entrada.

Se secó hace unos veinte años pero la otra continúa causando la admiración del paseante con su tronco, grueso de 4,5 metros de perímetro, con la parte externa de su imponente sistema radical o con el color de sus hojas, el morado habitual o el cobre encendido que adquiere al llegar el otoño.

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Junto a ella hay otro haya menos imponente pero también singular por sus hojas hendidas, característica de la variedad asplenifolia de la especie.

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Las hojas hendidas del haya asplenifolia antepuestas a las moradas del haya púrpura.

Para ver otros ejemplares hay que entrar en el jardín, pasar al parterre de Andrómeda y tomar la calle Honda, que corta en dos este sector del parque llamado el Bosque, hasta llegar al Mar.

A la izquierda, entre tilos y pinos, hay varias, altas, gruesas, espléndidas, fácilmente reconocibles por su corteza lisa. Una ante la que a mí me gusta detenerme y rodearla tocando su corteza tiene un tronco múltiple formado por cuatro ramas, cada una con el porte de un buen árbol.

El haya de cuatro troncos. A la izquierda, atrás, hay otro buen ejemplar y a la derecha un tilo no menos imponente.

En el lado derecho del bosquete había dos próximas a la Fuente del Mineral, y una tercera, a cuatro pasos del pequeño estanque llamado del Medio Celemín. Una de las dos primeras cayó abatida por los vendavales del año 2010. La tercera es un árbol magnífico, con 4,6 metros de perímetro de tronco y unos 12 metros en la circunferencia que hacen  sobresaliendo del suelo sus raíces, a las que los musgos pintan de verdes brillantes. No doy la altura porque me es imposible medirla, pero es mucha.

Si el paseante se ve con fuerzas puede acercarse a la Fuente de las Ranas, en la que Latona se alza sobre unos labradores licios a los que Júpiter convirtió en ranas por haber encenagado las aguas para que ni aquella ni sus hijos, Apolo y Diana, pudieran calmar su sed.

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Distribuidas en círculo alrededor de la fuente, hasta no hace mucho tiempo había veinticuatro hayas púrpura formando un halo de color que, obedeciendo a la inclinación de los rayos del sol, podía ser fascinante. Los años y las inclemencias de nuestros inviernos han hecho estragos en ellas y hoy aparecen recortadas e incluso sustituidas por el haya común.

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Acabaré contando una experiencia que quienes esto lean pueden creer o no. Cuando me jubilé, empezaron a caer sobre mí todo tipo de males, siendo los más duros los que me afectaban a las articulaciones, de los que salía con consultas médicas, pastillas, infiltraciones y rehabilitación. Un día me acordé del remedio que un curandero de Cantalejo proponía a quienes acudían a él:

-Ve al pinar, busca un pino de tronco grueso, apoya bien en él la espalda y en esa posición y mirando al sol, estate cinco minutos. Hazlo cuantas veces quieras e irás notando mejoría.

Decidí poner en práctica el tratamiento apretando mi espalda sobre el tronco de este haya que crece próxima a la Fuente del Mineral. Lo hice tres días, bebiendo además un buen trago del agua ferruginosa, y los dolores desaparecieron. Desde entonces, todos los años, al llegar el otoño, hago lo mismo. Han pasado doce y no he vuelto a tener ningún dolor de articulaciones. ¡Un aviso! El agua de la Fuente del Mineral se puede tomar soplando y sin soplar. Si no se sopla, bien, pero si se sopla, mejor porque al soplar en el caño se detiene un momento el agua y al caer de nuevo arrastra una mayor cantidad de hierro, lo que aumenta su hipotética virtud curativa.

Haya Medio punto

Las hojas del haya púrpura de la plaza del Medio punto, con el color cobrizo que adquieren al llegar el otoño.

6 Comments

  1. Las fotos preciosas, y el consejo del curandero voy a tener que seguirlo. Es curioso porque un primo mío cuando era niño enfermó de gravedad y a sus padres les mandaron atar un cordón al tronco de un árbol que tuviese una edad parecida a la del niño y no volver a pasar nunca por allí. Curiosidades, supersticiones o lo que sea pero interesantes como este relato.

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    1. Los árboles que comento tienen un vigor excepcional y no es extraño que puedan transmitirlo. ¿O sí que lo es? Yo dejo constancia del hecho.

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  2. Un paseo precioso por los jardines entendiendo un poco más todo lo que se ve en ellos. Vaya troncos bonitos que dibujan las hayas.
    La salud se encuentra en distintos lugares, este jardín aún sin virgen ni capilla, tiene con el agua y las plantas todo lo que uno necesite. Y una cosa que cada día va a ser más escasa: aire limpio de contaminación.
    Gracias

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    1. Ahora te será fácil pues ya sabes el camino. Y no olvides beber un buen trago de agua de la Fuente del Mineral. Un saludo. Juan Manuel Santamaría López

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